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El día del pasillo se festejó las vísperas en el Teatro Capitol

Del Carchi al Macará y de los salones más elegantes a las cantinas más escondidas: el pasillo es el género musical más apreciado de la música ecuatoriana. Y no es que uno no pueda bajar…

Del Carchi al Macará y de los salones más elegantes a las cantinas más escondidas: el pasillo es el género musical más apreciado de la música ecuatoriana. Y no es que uno no pueda bajar y subir por las provincias cantándole a cada una su pasacalle ni se trata de negar que al ritmo del sanjuanito el cuerpo entero empieza a querer zapatear. Y si el amorfino enamora y la marimba seduce, el pasillo sabe conmover como nadie.

El 1 de octubre se conmemora el Día del Pasillo Ecuatoriano. La fecha se fijó en 1993 y conmemora el nacimiento del cantante Julio Jaramillo, reconocido como uno de los mejores intérpretes de la música ecuatoriana. Este año, el Teatro Capitol se sumó a las celebraciones y brindó el viernes 29 de septiembre una función del espectáculo “Pasillando entre el amor y el desamor”, a cargo de Gustavo Garcés Molineros.

El artista, en tono coloquial, fue recorriendo con afecto ciertos rincones de la historia del pasillo. Arropado por un trío de guitarra, requinto y bajo eléctrico, y adornado en ciertas canciones por la presencia de bailarinas y actrices, el cantante regaló un par de decenas de temas. Parece que los escogió bien, porque el público coreó, aplaudió y hasta lloró un poquito.

El Teatro Capitol está en el quiteñísimo barrio de La Tola. Acertadamente recordó Garcés que fue este, justamente, uno de los barrios emblemáticos para el pasillo. El ya fallecido Marco Chiriboga Villaquirán –radiodifusor, compositor, escritor y perdido enamorado de Quito, entre otras gracias– recordaba que en las trastiendas de las cantinas del barrio cuajaron temas y amistades emblemáticas del género.

Porque el pasillo era, es y ha sido música nocturna, traviesa, coqueta. Música galante y de elegante reclamo amoroso, así es como más se conoce al pasillo. Triste y largo, le dicen, aunque a la vez sirve de consuelo y solaz para el alma atormentada.

 

 

Por cierto, hubo pasillos en tono de humor y pasillos con letras políticas dedicadas al general Alfaro y al ferrocarril… pero eran otros tiempos. Digamos, ya abierto el baúl de las historias, que el género llegó en forma de valse austríaco con los músicos de las bandas de guerra que acompañaban a las tropas de Simón Bolívar y la Gran Colombia.

Esas partituras, celebradas con alegría como música de los nuevos tiempos libres en las ciudades recién independizadas, no tenían letra. Igual que los tangos, sería en burdeles y en las trastiendas de las cantinitas de barrio donde irían ganando su carga lírica: muchas veces los autores escogían poemas de revistas…

Por ello, por ejemplo, se cantan las Flores negras o las Gotas de ajenjo del colombiano Julio Flórez Roa o las Sombras de Rosario Sansores, escritora mexicana de quien el investigador mexicano Roberto Mac-Swiney, ha logrado identificar al menos 28 textos vueltos como pasillo.

Hugo Delgado Cepeda, periodista guayaquileño, reportaba en diario El Universo que a más del pasillo Sombras, otros poemas de Sansores que se convirtieron en letras de canciones son Alondra fugitiva, Ausencia, Filosofía, Tengo celos, Mientras tú me quieras, entre otras.

El espectáculo de Garcés es íntimo y coloquial. El artista interactúa permanentemente con la audiencia, dialoga y le cuenta historias, bromea y entrega un detalle sobre el género musical que está celebrando. Carlos Beltrán Cárdenas (dirección musical y guitarra), Wilson Pérez (requinto), Víctor Verdesoto (bajo) van avanzando por el programa, que tiene algunos de alto impacto emocional en el público.

Eran las canciones más queridas, las más recordadas. Ángel de luz, que la enamorada Benigna Dávalos le escribiera y dedicara a Tiberio Baca. Cantares del alma, que el público recordó en la voz de los Benítez y Valencia. Carnaval de la vida, composición de Mercedes Silva Echanique que el popular J.J. hiciera inmortal. Tú y yo, que con letra de Manuel Coello es quizá la obra maestra de Francisco Paredes Herrera, autor de millares (así nomás) de composiciones.

Y no es que el resto del repertorio no estuviera igualmente afilado. Para muchos el nudo en la garganta vino con Manabí de mis amores, o con el romántico Alma en los labios (letra del poeta decapitado Medardo Ángel Silva y música de Paredes Herrera). El aguacate, conocidísimo y verdadero himno popular, estuvo también entre los temas más celebrados.

Como para recordar que el pasillo, sí señor, se bailaba, contribuyó la presencia escénica de Patricia Jurado (dirección escénica) y Sol Garcés. Su representación de ciertos temas añadió una nota de color al espectáculo musical. Fue una participación, en el mejor sentido de la palabra, discreta, que no entró en competencia con el gran homenajeado de la noche que era, un año más, el pasillo.