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Un viaje por medio siglo de música con Gustavo Santaolalla

Un recorrido íntimo por su repertorio personal es lo que el músico argentino Gustavo Santaolalla, ganador de decenas de premios, ofreció en su concierto el pasado viernes 21 de septiembre en el Teatro Capitol de…

Un recorrido íntimo por su repertorio personal es lo que el músico argentino Gustavo Santaolalla, ganador de decenas de premios, ofreció en su concierto el pasado viernes 21 de septiembre en el Teatro Capitol de Quito. La función convocó a cerca de 600 personas que completaron el aforo disponible.

Como bien dijo Santaolalla, la música es una nave que permite trasladarse en el tiempo, una nave segura pero no por ello menos significativa y potente. Con Santaolalla como piloto y una tripulación musical de lujo (abajo pueden chequear quiénes eran), el público vivió y disfrutó intensamente del viaje.

La ruta se remontó a 1969, el año en que un joven Gustavo proponía un folk rock junto a la banda Arco Iris, y se proyectó inclusive hacia el futuro, hasta el año 2019, cuando saldrá al mercado la segunda parte del videojuego The Last of Us, con música de Santaolalla.

El ecuatoriano Mateo Kingman (foto) abrió el concierto con un set de 45 minutos de trip electrónico. Luego, por problemas técnicos, fue inevitable una espera de casi una hora y media mientras los programas se cargaban en la consola de sonido, que debió ser reiniciada.

La paciencia y comportamiento ejemplar del público, que puntualmente asistió a la función a las 19:30, permitieron que ese lapso pasara sin mayores incidentes. Justo antes que los ánimos se caldearan la banda salió al escenario y el aplauso generoso de bienvenida sirvió de válvula para aflojar la tensión.

La música arrancó con Inti Raymi, ¿Quién es la chica? y Y una flor. Tres temas suavecitos, con tres marcas diferentes: el coqueteo con las raíces folclóricas en el primer tema, el juego con las baladas tan propio del rock argentino en el segundo y la curiosidad por una antigua forma europea, la de los trovadores, que denuncia una inquietud universal, en el tercer tema.

Desde el vamos quedó clarísimo el nivel excepcional de los músicos que estaban en escena. No sólo la estrella central, alumbrada por la luz principal: todos los miembros de elenco son multi instrumentistas que pasan de la guitarra al violín y las quenas, de la percusión menor al charango, de la flauta andina al vibráfono…

Subió el ritmo con Camino y Un poquito de tu amor, recuperados del baúl de su primera banda, Arco Iris, uno de los grupos que en los años 70 patearon el escenario musical argentino. Arco Iris tuvo como marca de fábrica el juego permanente con los ritmos del folclore local, lo cual no les valió precisamente la simpatía de otras bandas.

   

Vasudeva, Zamba y Quiero llegar fueron el siguiente miniset en el concierto, que avanzaba entre el buen ánimo del público. Una audiencia de escuchas atentos, con pocos aplausos o gente de pie entre las canciones.

Antes del intermedio vinieron Compañeros del sendero, Canción de cuna para un niño astronauta y Río de las penas. Esta última canción, otro corte folclórico, fue paseada por escenarios de todo el mundo en voz de la inmensa cantora Mercedes Sosa. Un emocionado Santaolalla la interpretó, antes de irse para un descanso de diez minutos.

La segunda parte trajo, como anunció el artista, más música y películas y videojuegos. En un gesto generoso interpretó el bolero Nuestro juramento, verdadero himno popular ecuatoriano, acompañado solamente de un charango.

Detrás, A solas y Todo vale (corte de Raconto, su disco de 2017) fueron parte del set. A Paraíso sideral (en clave de rock progresivo) y de Ushuaia a la Quiaca. Este tema es una evocación y un fruto del viaje de exploración y autoconocimiento que Gustavo realizó a comienzos de los años 80 junto al también músico León Gieco.

La percusión impecable, precisa y a la vez orgánica; el juego de timbres de los teclados, desde un piano hasta la electrónica setentera; el juego del contrabajo y el chelo creando atmósferas completas… Y en el centro la voz finita de Gustavo Santaolalla, ese canto tan próximo a Spinetta, a Nito Mestre, a esa genealogía primera del rock argentino.

No podían faltar en la noche dos de sus mayores éxitos. Uno, el tema central del videojuego The last of us. Otro, una versión adaptada de la banda sonora de El secreto de la montaña (Brokeback Mountain). Mañana campestre, unos de sus recientes éxitos, calentó el final de la noche, donde Vecinos y Ando rodando brillaron también.

En el bis, un resumen de la noche: primero Santaolalla solito con un pequeño tambor de cuero, cantó No sé qué tienen mis penas. Vino la banda y tocaron Sudamérica, un tema que cabe muy bien en la línea del rock pop que le ha valido al artista la bicoca de 29 premios Grammy como productor.

Cerró la noche, inolvidable, el Pa’bailar, exitazo de Bajofondo, el super grupo de tango fusión de Santaolalla. Enérgico a sus 67 años, alegre y evidentemente feliz de dedicarse a lo que ama, Gustavo se fue con una sonrisa grande del escenario. Empezó a tocar la guitarra a los cinco años: lo único que se puede pedir es que el viaje dure mucho tiempo más.

  • Una serie de afortunadas coincidencias. Pese a la demora en el arranque, la gente salía a las doce de la noche contenta. El acceso gratuito a un espectáculo de esta categoría fue el fruto de una intensa gestión y de un rosario de felices coincidencias. Una suma de voluntades –del artista, del teatro, de los promotores– hizo posible que esta iniciativa llegara a buen puerto, después de que la producción privada del concierto no lograra concretar la anunciada presentación en Quito del espectáculo.
  • Una charla para los músicos. El día anterior, el jueves 20, Gustavo Santaolalla brindó una charla sobre su obra y su trayectoria en el mismo Teatro Capitol. Un público de 400 personas, casi todas músicos, asistieron a este encuentro cercano con el creador, productor e intérprete. La calidez y la humildad marcaron este diálogo, en el que participó como mediador el periodista Diego Oquendo Sánchez.
  • La pandilla de amigos de Gustavo. La banda de músicos que está junto a Gustavo Santaolalla es de lujo. Él toca guitarras y charango, y lo acompañan Javier Casalla (violín, viola, pincuyo, armónica, guitarra eléctrica y voz), Barbarita Palacios (voz, uke bajo, guitarra acústica, guitalele, campanas tubulares , glockenspiel, tambura y percusión), Nicolás Rainone (contrabajo, cello, bajo eléctrico y voz), Andrés Beeuwsaert (vibráfono, hammond, piano, clavecín y voz) y Pablo González (batería, bombo leguero, timbales y voz).